Se acaba la música y las sensaciones
se va el frío de las manos
se va el brillo de los ojos
se va el calor de los dedos
se va e lup-dup del corazón
se va el tic tac del reloj
se va el cansancio de las mejillas
se va el revoltijo entre mis piernas
se va la alegría
se cierran las murallas
y comienza la función:
fin.
martes, 22 de abril de 2014
Décimo día
¿Cómo partir?
No sé si haciéndole una oda o dedicándole unas palabras de muerte y decepción.
Bendito/Maldito cuerpo femenino,
errado como un juguete mal hecho
(agradable a la vista, destrozos por dentro).
Supongamos entonces, que fuese lindo por fuera,
ad hoc a los estereotipos de belleza establecidos (¿Delgado, esbelto, raquítico?),
de vez en cuando sometido a largas horas de dolor para lograr diferenciarme de los hombres,
y bien cuidado. Cremitas, masajes, deporte.
Hermoso. Perfecto.
Ahora, entrando el detalles,
vamos a introducirnos en la esfera de sus pobres sentimientos.
Vamos a tomar un cuchillo, y lo primero que haremos,
será abrir el centro de poder intelectual. Maldita jaqueca,
y tres minutos de silencio por el golpe en el segundo piso en la parte inferior-posterior.
Luego seguiremos por atrás, por la rectificadora, que mal ha hecho su trabajo.
Chueca, como la estructura del ácido desoxirribonucleico
(hablo de una hecha por un niño de diez años),
y toda gastada entre sus piezas.
Corresponde ahora a las responsables de hacerme caminar,
y quizás cuántas cosas más.
Están extrañas, hace cuatro años. Un día decidieron mover sus piezas,
y me ha traído una serie de consecuencias: mis rodillas, por ejemplo.
Ahora bien, toca el turno del preciado miembro femenino,
el maldito que me ha traído problemas, no odiándolo aún
(ya que supongo que algún día me traerá felicidad),
descontrolado en todo lo imaginable. Traidor, triste, arrasador,
destructor de un lugar de mi cuerpo. Derrochador de sangre.
Y luego de toda esta lista, mis pechos se han llevado la peor parte.
Ni si quiera agradable a mi vista (es cierto, los detesto),
y ya han sido masacrados por mi histeria, por mis hormonas,
y por la deformidad de mi columna, la posición de mis hombros,
y el extraño caminar, regalo de mis huesos.
Quisiera que la naturaleza dejara de regalarme cada día tantas limitaciones.
¿Es tanto pedir?
No sé si haciéndole una oda o dedicándole unas palabras de muerte y decepción.
Bendito/Maldito cuerpo femenino,
errado como un juguete mal hecho
(agradable a la vista, destrozos por dentro).
Supongamos entonces, que fuese lindo por fuera,
ad hoc a los estereotipos de belleza establecidos (¿Delgado, esbelto, raquítico?),
de vez en cuando sometido a largas horas de dolor para lograr diferenciarme de los hombres,
y bien cuidado. Cremitas, masajes, deporte.
Hermoso. Perfecto.
Ahora, entrando el detalles,
vamos a introducirnos en la esfera de sus pobres sentimientos.
Vamos a tomar un cuchillo, y lo primero que haremos,
será abrir el centro de poder intelectual. Maldita jaqueca,
y tres minutos de silencio por el golpe en el segundo piso en la parte inferior-posterior.
Luego seguiremos por atrás, por la rectificadora, que mal ha hecho su trabajo.
Chueca, como la estructura del ácido desoxirribonucleico
(hablo de una hecha por un niño de diez años),
y toda gastada entre sus piezas.
Corresponde ahora a las responsables de hacerme caminar,
y quizás cuántas cosas más.
Están extrañas, hace cuatro años. Un día decidieron mover sus piezas,
y me ha traído una serie de consecuencias: mis rodillas, por ejemplo.
Ahora bien, toca el turno del preciado miembro femenino,
el maldito que me ha traído problemas, no odiándolo aún
(ya que supongo que algún día me traerá felicidad),
descontrolado en todo lo imaginable. Traidor, triste, arrasador,
destructor de un lugar de mi cuerpo. Derrochador de sangre.
Y luego de toda esta lista, mis pechos se han llevado la peor parte.
Ni si quiera agradable a mi vista (es cierto, los detesto),
y ya han sido masacrados por mi histeria, por mis hormonas,
y por la deformidad de mi columna, la posición de mis hombros,
y el extraño caminar, regalo de mis huesos.
Quisiera que la naturaleza dejara de regalarme cada día tantas limitaciones.
¿Es tanto pedir?
Auxilio.
domingo, 20 de abril de 2014
Un día.
Y tu boca parecía sangrar
porque claro
las caminatas queriendo desvanecerse
no son más que eso:
caminatas queriendo desvanecerse.
Porque parecía que estábamos hechos
el uno para el otro
el uno sobre el otro
el uno y el otro
la misma cosa.
Nosotros y ellos
y nuestra lucha constante
por quedarnos con el mundo
y arder en los besos
que se robaron los duendes.
La cama se desarma
tal como tu alma se arma
y mi pelo se enreda
en tus dedos
y mi corazón se desliza
por tu cuerpo color Sol.
Nunca es demasiado tarde
para correr sobre el desastre
y al menos llegar a tiempo
meterse en el vaso de agua
y la mirada
de recompensa.
Santa Semana Fin de la función
Hoy el conjunto de hojas amarillas con portada de los Beatles sigue conmigo, hace ya más de dos años. Al igual que como, supongo, habrás quemado todas las fotografías, hoy saco arranco todas las hojas ocupadas por canciones y poemas dedicados. No es más que otra croquera en blanco amarillo para mi colección.
sábado, 19 de abril de 2014
Todas
Las ganas más rancias de vomitar son pastillas.
Son por un revuelco en el estómago, más arriba, esófago, más arriba, garganta, más arriba, acidez, fuera.
Buenas noches.
Puerta del auto. Busco llaves. Abro la reja. Fuera chaqueta. Beso de despedida. Cierro la reja. Escucho cómo te vas. te quedo mirando hasta tu desaparición tras la vuelta. Abre la casa. Cierra la puerta. Segundo piso, directo hacia la derecha. Enciende luz y cierra la puerta. Me miro al espejo. Abre botiquín, una vez más la anticonceptiva que de nada funciona por ahora. La de baja concentración que ya no sirve, y vamos sumando su causa. Vamos a jugar con mi sangre una y otra vez para que me vuelvan a aumentar la dosis y mi cuerpo sea más que dependiente de las capsulitas.
Despierta. Quedan motivos.
Son por un revuelco en el estómago, más arriba, esófago, más arriba, garganta, más arriba, acidez, fuera.
Buenas noches.
Puerta del auto. Busco llaves. Abro la reja. Fuera chaqueta. Beso de despedida. Cierro la reja. Escucho cómo te vas. te quedo mirando hasta tu desaparición tras la vuelta. Abre la casa. Cierra la puerta. Segundo piso, directo hacia la derecha. Enciende luz y cierra la puerta. Me miro al espejo. Abre botiquín, una vez más la anticonceptiva que de nada funciona por ahora. La de baja concentración que ya no sirve, y vamos sumando su causa. Vamos a jugar con mi sangre una y otra vez para que me vuelvan a aumentar la dosis y mi cuerpo sea más que dependiente de las capsulitas.
Despierta. Quedan motivos.
domingo, 13 de abril de 2014
Soliloquio después de una siesta
[Soñando... Soñando... Soñando... La puerta golpea. La puerta golpea contra la pared una, dos, tres veces.]
Ah, sí, la puerta. Desde el momento en que entré supe que debía cerrarla. Revive. Revive. Mi brazo. Mi brazo de nuevo. Es una combinación entre cosquillas, millones de agujas clavándome, calor, y ausencia de todas las demás, ¡a la vez! Debe parecerse a la muerte. ¡Mierda! Mi cabeza. ¿Me echaron algún químico corrosivo en los ojos que tanto me arden?. Quiero levantarme pero no es más fuerte que mis ganas de nada. Siento ojeras. Cierto que me dormí de tanto llorar recordando las 7.30 del domingo pasado. Fue enfermo. Fue una puntada en el pecho y lo sigue siendo. Quiero que alguien me libere de las seis paredes que velan pervierten mis sueños. Es desesperante tener que luchar a diario con este bombardeo de pensamientos negativos. Ven. Veamos Sintamos oscurecer la tarde y sécame las lágrimas que recorren ya todo mi cuello.
Siento mucho no poder ser lo suficientemente... Mierda. La lucha contra las pulgas se inicia hoy, 13 de abril, por primera vez en este año. Se reactiva la batalla luego de cinco meses. No hay tanta diferencia tampoco como con la lucha de las ganas que tienen más o menos el mismo período de tiempo.
Espero poder caminar sobre mis piernas.
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