martes, 13 de octubre de 2026

13 oct. Ayer fue 12.

 


Pareciera que se hizo costumbre escribir cada doce de octubre. Y cada cuatro de marzo. y cada cinco de abril. Aunque ya dejé de escribir. 

Hace unos días viajé interminablemente todo el día. Aún no me recupero pero estoy bien. 

Hay algo que me abruma. 

En un momento pensaba en todo lo que he dejado. Se me hace inevitable pensar en mí adolescente. 


Constantemente pienso (o soy invadida) en la parte que perdí de mí. Ya pasó. No pasó. 

No logro escribir. Estoy desconcentrada. 



Entre todo el ajetreo del viaje del domingo en un momento me alejé y me calmé. Caían de los árboles esas cosas blancas que provoca alergia en la gente pero no en mí, así que podía disfrutarlo. Pensé en esos paisajes urbanos tranquilos, vacíos, nocturnos, lluviosos que muestra una escena en Mi vecino Totoro. Me sentí suspendida. Me recordé a mí misma alejándome del grupo cuando fuimos a San Felipe en el paseo de curso de segundo medio, tenía mi primera cámara hace muy poco tiempo. Y creí en ese momento, hace dos días, en lo tanto que me protegió la fotografía. Me cuidó. Pude un rato mirar hacia fuera entre tanta tormenta. Y todo eso entre el viaje y la película. Y entre tantos viajes y entre tantas películas. 

Estos meses haciendo las clases de foto inevitablemente me ha hecho verme a mí haciendo mis primeras fotos. Y todos estos años que me alejé de la fotografía, y me alejé de crear, y me alejé de mí misma (o no tanto, en realidad a veces estoy demasiado cerca), he estado extrañando ese tiempo que me daba para estar con ella. Y ella conmigo, porque le rindo todos los honores que podría rendirle a algo alguna vez. 

Para volver un poco a lo concreto: Ayer fue doce. Y hace tres años que tuve mi diagnóstico y que me cambió la vida. Al verme hace unos días observando con tanta paz frente a un árbol (simplemente un árbol) me ví a mí misma cuando tenía dieciséis años con una curiosidad enferma por el mundo que me rodeaba. Creo que difícilmente hubiera podido atravesar todos estos años sin la fotografía. La biografía accidentada que, de tantas formas ha interrumpido mi vida y que ha estado marcada por el caos (y por la incomprensión de mis maneras de vivir el mundo, las decisiones, las relaciones, los cambios, y tantas cosas más) ha quedado registrada de la única forma en que hubiera podido hacerlo. 

Porque la fotografía es en extremo solitaria. Eso es algo que envidio de la música, que entre pares logran comunicarse de una manera inexplicable y también así con quienes la oímos y la sentimos, que nos multiplicamos por miles. La fotografía es solitaria para quien la crea, y aún más para quien la recibe. Es muchísimo menos la gente que podría llegar a entenderla. Y puede que eso sea algo que me ha pasado siempre: La fotografía visceral que hago creo que es a ratos súper oscura, densa y viscosa y por ende un poco difícil de ser entendida, deglutida. Un poco de todo eso soy. 

A veces me conoce gente y me cuenta que le alegro el día y hasta afirman que soy una persona súper liviana y carismática. Eso me choca tanto al punto que pienso en lo falsa que soy con los demás, o que en realidad la falsedad está en mi vereda y que hay partes de mí que ni si quiera soy capaz de encontrar. Y más tarde razono que es lo que te cuentan y lees que pasa después del diagnóstico: No tienes idea de quién eres porque aprendiste a formarte para los demás.

Pero está la fotografía. Aparece cuando necesitas recordar quién fuiste todo este tiempo. Y qué cosas sentías, escuchabas, pensabas. De cuáles desconfiabas, cuáles te hirieron, cuáles te desequilibraron. Y cómo lo plasmaste. De la única manera en que hubieras podido hacerlo.